Archivo del Autor: Alicia Lovera

La barbacoa en el siglo XIX

Blanca Azalia Rosas Barrera
El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El método mesoamericano de cocción de carne en horno de tierra perdura hasta nuestros días. Su salubridad siempre fue cuestionada, especialmente al finalizar el siglo XIX cuando se adoptaron medidas más eficientes para regular la higiene de los alimentos, lo que provocó la modificación de las técnicas y utensilios para la preparación y venta de barbacoas en el ámbito urbano.

Casimiro Castro, Teatro Nacional – México [Detalle], litografía a color, [s. f.]. Colección de Ramón Aureliano Alarcón

Casimiro Castro, Teatro Nacional México [Detalle], litografía a color, [s. f.]. Colección de Ramón Aureliano Alarcón

La preparación de alimentos no es una actividad exclusiva del ámbito privado del hogar, sino un fenómeno público relacionado con tradiciones y la expresión de diferencias sociales y de género que requiere del uso y control tanto de utensilios como del fuego en espacios abiertos. En este sentido, el presente ensayo documenta el mestizaje culinario que propició el desarrollo de la barbacoa mexicana durante el periodo colonial y su adaptación al comercio callejero mediante la invención de un horno portátil, el cual estaría presente en las calles de la ciudad de México durante todo el siglo XIX. Finalmente, se analizará cómo el desarrollo de nociones modernas de salubridad e higiene durante el porfiriato propició un control más efectivo del comercio callejero de alimentos y del consumo de carne, provocando la desaparición gradual del horno portátil y el establecimiento de formas y espacios más regulados para elaborar y vender barbacoa.

Mestizaje culinario

La formación de una cultura culinaria mestiza se inició en los años inmediatos a la conquista de Tenochtitlán por los españoles, no sólo con nuevos nombres para los alimentos, sino con la introducción de productos, técnicas y utensilios, que pronto se combinaron con los existentes. Fray Bernardino de Sahagún, quien llegó como evangelizador en 1529, refiere que los indígenas comenzaron a vender y cocinar las carnes de Castilla, “aves, vacas, puercos, carneros, cabritos: véndela cosida o por coser, y la cecinada y asada debajo de tierra.” Por su parte, el naturalista Francisco Hernández relataba que “la traza y modo de aderezar la carne debajo de tierra, han tomado los españoles de esta tierra, y se usa mucho en la Nueva España, para que pudiésemos también tomar experiencia de este regalo, y no se nos encubriese cosa de las que en cualquiera manera puedan servir al apetito y gusto del paladar”.

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Casimiro Castro, Las cadenas en una noche de luna [Detalle], litografía en México y sus alrededores, México, Imprenta de Debray, 1869. The New York Public Library.

La palabra barbacoa, de origen caribeño, fue adoptada por los españoles para nombrar la técnica de cocción mexica tapextle, la cual consistía en cavar un hoyo en la tierra, colocar piedras en el fondo cubriéndolas con madera, misma que se encendía hasta formar brasas. A continuación, estas se eliminaban y sobre las piedras calientes se ponían pencas de maguey, hojas y encima la carne condimentada con sal y hiervas, cubierta a su vez con más hojas o pencas para protegerla, además de tierra seca para sellar el hoyo y conservar el calor por varias horas. En el caso mesoamericano la carne horneada era de conejo, perro, venado, pescado, pato, guajolote y otras aves.

Pese a que la carne de res y ave era muy estimada entre los españoles, su alto costo ocasionaba un mayor consumo de carne de oveja, cabra, carnero y cerdo, lo que puede relacionarse con la costumbre más generalizada de preparar barbacoa de borrego y chivo, que persiste en la actualidad. Con la carne llegó la manteca para freír y las especias, además del cilantro, pimienta, ajo y cebolla que se integraron a las salsas molcajeteadas, los lácteos para las quesadillas y postres, la lechuga y el rábano para acompañar pambazos y barbacoas como ensalada. En cuanto a los utensilios, los españoles introdujeron la cerámica vidriada, enseres de hierro, cobre y bronce que convivieron en las cocinas con trastes de barro, piedra y palma.

Debido al crecimiento de la capital del reino y sus demandas durante los siglos XVI y XVII, alrededor de las plazas públicas de mercado se desarrolló todo tipo de comercio ambulante. Esta actividad se asociaba con las clases populares carentes del capital social y económico para aprender un oficio o montar un negocio establecido, pero con el ingenio necesario para desarrollar diversos medios para trasladar y ofrecer al público infinidad de productos. Respecto a la venta de alimentos, la pintura de castas del siglo XVIII muestra detalladamente el expendio de guisos en los que destacaba el uso de chile, manteca y menudencias (nenepile), cocinados en cazuelas de barro sobre anafres improvisados; de igual forma se aprecia la venta de barbacoa, cabezas de ternera y pato preparados en horno.

Hombres sacando barbacoa del horno, ca. 1950, inv. 160773, sinafo. Secretaría de Cultura- INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

Hombres sacando barbacoa del horno, ca. 1950, inv. 160773, SINAFO. Secretaría de Cultural INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

El Discurso sobre la policía en México de 1778, atribuido al oidor Baltazar Ladrón de Guevara, expresaba que estos establecimientos eran la principal causa de incendios, malos olores, del consumo de carne adulterada, de desórdenes suscitados al congregarse gente de baja calidad que acompañaba la comida con pulque. En este contexto, los funcionarios Borbones emitieron nuevas disposiciones, de corte ilustrado, para mantener el orden y limpieza de los espacios públicos de la ciudad, vigilar la calidad de los alimentos, integrar a los ambulantes a la administración de mercados, así como evitar incendios en calles y plazas. Sin embargo, la permanencia de dichas prácticas y costumbres alimenticias fue inevitable, debido no sólo a los intereses económicos que mantenía el Ayuntamiento sobre el comercio de comida, sino por tratarse de una importante fuente de trabajo para las clases populares que, a la vez, satisfacía una necesidad básica de la numerosa población capitalina.

Un horno ambulante

A comienzos del siglo xix en la ciudad de México prevalecía una cultura culinaria que no desperdiciaba nada. En 1828 el pintor italiano Claudio Linati ilustró cómo los “cuartos de ternera y de carnero” eran ofrecidos junto a “las cabezas, patas, etcétera, las llevan todas asadas y se destinan, en general, para alimento de la gente común”. Incluso los primeros libros de cocina que recopilaban recetas europeas elaboradas con productos locales incluían platillos de menudencias de res. Aquellos publicados entre 1831 y 1845 mostraban por lo menos dos formas de preparar la cabeza de ternera, una, denominada “a la mexicana”, se hacía en horno:

Despellejadas las cabezas se cuecen con saltierra;estando bien cocidas, se parten por el centro parasacarles los sesos, que se sazonan con sal y pimientay cebolla, tomillo y orégano, mezclándolos bien. Se untan las cabezas con un adobo de chiles anchosremojados, ajo, cominos, sal y cebolla, todo molido,se untan de manteca, y luego de aquel adobo; semeten al horno, cuidando se doren bien por todoslados. Después, en cada cavidad se vuelven a colocarlos sesos, se atan con un hilo fino y se sirven,adicionándolos con una salsa hecha con chile anchoy pasilla, remojados y molidos groseramentecon un poco de pulque, sazonada la salsa con sal,pedacitos de queso añejo, zumo de naranja agria,aceitunas y chilitos en vinagre.

En 1828, un ciudadano preocupado, “El cuchara” Marcos Bruno de la Cruz, se dirigió al “Arquitecto de la ciudad” respecto a las bancas instaladas en el paseo de la Viga. Burlándose de su forma, las llamaba “braseri-asientos” y pedía que se les agregaran “unas hornillas para que las vendedoras del pato en pipián, las de los envueltos, buñuelos y otras muchas puedan calentarlo”, así como hacerlas más altas “con el objeto de que sirvan también de carboneras, pues me parece muy feo que teniendo dónde guisar, no haya dónde echar el carbón, aunque sea en un polígono o en un medio pañuelo.” Con reservas sobre su sentido original, el comentario da luz sobre la normalización del uso de utensilios de hierro y hojalata, cada vez más pequeños y eficientes, entre las clases populares y su adaptación a los espacios públicos, es decir, su salida de las cocinas de la élite. Además, expresa la preocupación de la población por consumir los alimentos calientes, hasta aquellos ofrecidos en la calle, pues era creencia general que comerlos fríos “les descompondría el estómago”.

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Tipos populares. Los vendedores de cabezas, dibujo en La Patria Ilustrada, 28 de septiembre de 1885.

En el caso de la carne, la cocción al horno facilita llegar al centro de las piezas y mantener su humedad, pues su función es transmitir el calor por medio de corrientes de aire que concentran la temperatura por mucho tiempo. De esta manera, parece lógico que la venta de carne asada al horno requiriera de una alta temperatura constante, necesidad que sería cubierta con la adaptación de “una pequeña hornilla” para la venta ambulante de barbacoa, pato y cabezas de carnero, ofrecidas “humeantes aún, al hambriento comprador”. Al igual que muchas tecnologías domésticas de uso cotidiano, las fuentes documentales no hacen referencia a la fabricación o función del horno móvil, puesto que era el resultado del trabajo colectivo e individual de hombres comunes, quienes modificaron y adaptaron materiales accesibles para hornear en la calle.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

María Conesa encandila a la política mexicana

Andrea Chong Muñoz
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Desde Porfirio Díaz hasta Pancho Villa fueron deslumbrados por la artista española. A pesar de amenazas e intimidaciones, y la necesidad de ausentarse del país en algunas temporadas, logró preservar su espectáculo, sin importar las filias políticas.

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Retrato de María Conesa, fotografía en Teatros en México, Arte y Letras, 1911. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

Caos. Es la primera palabra que se formula en los labios de cualquiera que escuche hablar de la revolución mexicana. Sin embargo, en medio de las idas y venidas de los ejércitos, del miedo y de las balas que rozaban las cabezas de los incrédulos, los teatros estaban llenos de vida. Ya fuera el Colón, el Lírico o el Principal, ya fueran los oficiales o los soldados rasos, había una artista que nadie podía perderse, una pícara española que derrochaba alegría y podía salvar una vida con su sonrisa. Su nombre era María Conesa, “La gatita blanca”.

Corría el año 1910. María Conesa contaba apenas con 20 años y su popularidad en la ciudad de México desbordaba los teatros; nadie se le comparaba en la zarzuela del género chico, que incorporaba crítica política y social a la parodia y la picardía. Al mismo tiempo, las elecciones presidenciales estaban a la vuelta de la esquina. Porfirio Díaz se enfrentaba a Francisco I. Madero, a un contendiente que realizaba una campaña política en las poblaciones más importantes del país, algo antes nunca visto. Así que, mientras los tacones danzaban y las multitudes aplaudían, Madero era encarcelado en San Luis Potosí y la paz se restablecía. Por ello, no resulta extraño que Díaz, junto con su gabinete, asistiera dos veces al Teatro Principal para ver a aquella española de la que todo el mundo hablaba.

La primera ocasión ocurrió con motivo de la función organizada por estudiantes de preparatoria que buscaban obtener fondos para organizar un congreso y la segunda por el festejo de la independencia de México. Como el lector sabrá, la Constitución de 1857, lo mismo que la actual, prohibía realizar modificaciones a la bandera del país. Sin embargo, ya fuera por su simpatía, por su belleza o su habilidad artística, Conesa, quien vistió un traje de china poblana con el escudo nacional, en vez de ser regañada, recibió una foto autografiada por el presidente Díaz.

Como todos sabemos, la paz no fue eterna. Después de que se declarara a Díaz reelecto en octubre, Madero huiría de la cárcel y publicaría en Texas el Plan de San Luis, el cual llamaba al pueblo a tomar las armas el 20 de noviembre. María Conesa tenía su propio problema con el cual lidiar. Se la amenazaba con sisear durante sus funciones si no pagaba una suma de dinero mensualmente, se la intimidaba con manchar su reputación artística con el fin de conseguir unos cuantos pesos. Así que, mientras Madero pugnaba por la democracia y pedía el apoyo de sus conciudadanos, “La gatita blanca” debía defender quién era por medio de la policía.

Marzo de 1911. El movimiento maderista estallaba en todo el país, Pascual Orozco, Francisco Villa y Emiliano Zapata son solo los nombres de algunos de los combatientes más destacados. Dos meses después, tanto Madero como la Conesa triunfaban. El primero firmaba los Tratados de Ciudad Juárez el 21 de mayo y el pueblo tomaba la galería de la Cámara de Diputados tres días después, es decir, su victoria era completa. La segunda, con la ópera Aires de Primavera, con la que debutaba en el teatro Lírico, demostraba a todos, incluso a ella misma, que no era solo una artista que sabía cantar cuplés o bailar.

María Conesa con traje tradicional español, postal iluminada, ca. 1910. Tarjeta perteneciente al fondo pictográfico de Colecciones Especiales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

María Conesa con traje tradicional español, postal iluminada, ca. 1910. Tarjeta perteneciente al fondo pictográfico de Colecciones Especiales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

Con Francisco León de la Barra como presidente interino (26 de mayo-6 de noviembre), el 7 de junio del mismo año hizo su entrada triunfal a la capital Francisco I. Madero. Es probable que el primer encuentro entre ambos personajes, de trayectorias distintas, ocurriera el 2 de julio, día en que en el palco del Principal, en medio de las actuaciones de Conesa, Madero le dedicara una fotografía a la artista. Durante ese año, el optimismo cundía en los corazones de los escritores, actores y espectadores del teatro. Porque, además, fue en ese momento cuando el Estado perdió el control sobre el teatro frívolo y, por fin, apareció la revista política de forma libre y sin censuras.

Basta con mencionar que, en septiembre, después de que en las semanas anteriores se crearan numerosos partidos políticos, la postulación de Bernardo Reyes por el Republicano se volvería tema de cuplé. Por ello, no es tampoco de extrañar que El Ahuizote del 16 de septiembre tuviera las siguientes letras impresas: “Ahora son los labios rojos de la Conesita que derraman sobre la derrumbada formalidad del divisionario candidato coplas de burlas y sarcasmos suaves como rasguñones de gatita”.

Las obras que se presentaban exhibían la creencia y el entusiasmo por la revolución; por ejemplo, la obra de teatro El surco, escrita por José F. Elizondo y José Rafael Rubio, que se estrenó en el Principal el 15 de septiembre y en la que actuó María Conesa, contaba con frases como: “Me gusta tu demócrata actitud” o “Acerque usted la urna de sus besos, que con los votos esos trastorna mi casilla electoral.” En una ciudad en que las prácticas democráticas se distinguían por el abstencionismo, el teatro servía ahora como portavoz de esa nueva fe o emoción en el proceso electoral.

¡Si tan solo la felicidad fuera eterna…! En noviembre, entre que Madero asumía su cargo el 6 y el 28, en que se enfrentaba al movimiento zapatista y a la publicación del Plan de Ayala, María Conesa tenía ante ella el teatro Principal prácticamente desierto por los levantamientos en contra del gobierno federal. Tanto para el presidente como para la artista, las cosas no iban bien y serían cada vez peores.

Sin posibilidades reales de realizar reformas sociales, unos meses después, en marzo de 1912, el ejército federal, liderado por Victoriano Huerta, tendría que enfrentarse al levantamiento norteño de Pascual Orozco y, el 21 de junio, Conesa viajaría a su tierra natal, España. En principio, la razón se debió al abandono de su público por los movimientos armados y a los reventadores que la obligaron a dejar el escenario el tres del mismo mes, pero también por la presión de Manuel Sanz, su esposo, dueño de haciendas pulqueras quien, a pesar de haberse enamorado de ella en el teatro, ya no aceptaba su permanencia en el mismo.

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Sumario #44

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

image273La última defensa del gobierno virreinal en la Nueva España
Eduardo Adán Orozco Piñón

Jean-Adolphe Beaucé, Entrada del general Forey a la ciudad de México, 10 de junio de 1863. copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAHDos ejércitos, dos visiones, un sitio
Iván Lópezgallo

Alegoría de Maximiliano y Carlota frente a la virgen de Guadalupe, ca. 1865, inv. 451725, sinafo. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.Maximiliano y la Virgen de Guadalupe. Desacuerdo en tiempos de fiesta
Sergio Hebert Caffarel Pérez

image310La barbacoa en el siglo XIX
Blanca Azalia Rosas Barrera

Retrato de María Conesa, fotografía en Teatros en México, Arte y Letras, 1911. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.María Conesa encandila a la política mexicana
Andrea Chong Muñoz 

image351La formación del adolescente mexicano
Ivonne Meza Huacuja

 

DESDE HOY

West-northwest of Summerford MountainMéxico ante el cambio climático
Fernando Tudela

 

TESTIMONIO

001En la huerta de la casa de Don Valentín. El bullicio de la colmena
Ana Buriano

 

ARTE

031Saturnino Herrán. Artista del modernismo nacionalista
Luciano Ramírez

 

CUENTO

image261Cacao-chocolate
Eduardo Celaya Díaz

 

ENTREVISTA

056Santa Anna en Turbaco, en 1856
Ana Rosa Suárez Argüello

 

SEPIA

image355 Techo de cristal
Darío Fritz

 

 

 

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Bic 44 portada

Los desencuentros del Estado mexicano con la Iglesia católica tuvieron su punto de inflexión en la primera mitad del siglo pasado, pero no fueron los únicos. Hacia 1865 Maximiliano intentaba acercarse al clero, que lo veía con absoluto recelo. El emperador propugnaba la identificación del régimen con la imagen de la Virgen de Guadalupe ya incorporada por los sectores populares como parte de la identidad mexicana. Necesitaba una manera de encontrar un punto de unión, a pesar de los conflictos internos, y ese pretendía que fuera su estandarte. La peregrinación del 12 de diciembre de ese año y la ceremonia religiosa en la que participó fueron parte de los intentos de convertir a la virgen en insignia de la corona y elemento legitimador en el plano religioso. Lo simbólico, que siempre ha formado parte de las acciones políticas, lo entendió el clero mexicano, y su cabeza papal en Roma, a tal punto que ante la reforma liberal que encarnaba el emperador prefirieron, desde su visión conservadora del mundo, que la relación declinara, aunque sin llegar a confrontarse. Esto se decantó desde el momento en que comprendieron que tampoco recuperarían los bienes eclesiásticos ni mucho menos los fueros. La alianza frustrada terminaría por dar la razón a los hombres del clero cuando dos años después comprobaban cómo se derrumbaba aquel emperador sin aliados.

Queremos abrir este nuevo número de BiCentenario con las desavenencias que hacen al ejercicio del poder y que tocan en el plano de la política otros dos momentos intensos en las conflictivas décadas del siglo XIX.

Para que Maximiliano pudiera hacerse del poder político, el ejército francés consiguió en 1863 arrollar en sólo dos meses las resistencias poblanas con base en un ejército preparado, superior en número y equipamiento. Enfrente tenía a un contingente local sin entrenamiento, ni dinero y hasta con sectores monárquicos que no lo respaldaban. Sin embargo, estos hombres derrotados y que lograron sobrevivir continuaron batallando, como se relata en el texto, y en los años siguientes participarían en las resistencias para acabar con el imperio francés en 1867.

La siguiente discrepancia que aborda este número refiere a cómo se legitima un triunfo político. Se sabe que Agustín de Iturbide presentó en sus memorias de 1823 como un paseo triunfal la conquista final de la independencia. Según este relato no hubo sangre, ni incendios, ni robos, se trató de un comportamiento ejemplar de los soldados. Los hechos que aquí presentamos nos indican que la historia fue otra. O que al menos se puede mirar con otra óptica. Y sin bien esa revisión del ingreso de las tropas a la ciudad de México no está en las antípodas de lo que decía el líder del ejército trigarante, la sangre sí se derramó, los muertos y heridos sí los hubo, y la población padeció una crisis en algún momento por la escasez de alimentos.

Esta edición de la revista se alimenta también del detallado proceso por el cual los jóvenes adolescentes se fueron incorporando a la educación en los albores del siglo XX. El objetivo planteado era reconfigurar a México entre las naciones modernas, y para ello retomaron el trabajo de las organizaciones protestantes que estaban influenciadas por los trabajos de psicólogos, pedagogos y médicos provenientes de escuelas estadunidenses. Porfiristas, revolucionarios y hasta el cardenismo, posteriormente, fueron incorporando a la educación a estos jóvenes con su visión particular. Fueron contextos sociales y políticos diferentes en los que fueron incorporados, y que como dice la autora de este texto, nos llevan a reflexionar sobre el papel de los determinantes culturales en la configuración de las modernas nociones de adolescencia.

Dos personajes de la cultura recuperamos en esta oportunidad en BiCentenario. Primero, Saturnino Herrán. El pintor que abrió la escuela mexicana de pintura en los inicios del siglo XX y que consolidarían más adelante los renombrados artistas del muralismo. Una jovencísima muerte truncó la posibilidad de que su obra plástica cumpliera la proyección que ya se le esperaba dentro de las figuras más destacadas del mundo artístico. En segundo lugar, presentamos la vida en el teatro de María Conesa. Una artista española idolatrada tanto por porfiristas como por revolucionarios. Que por lo mismo sufría intimidaciones y debía ausentarse del país. Era vitoreada aquí como en Cuba o Estados Unidos. Sólo la aparición del cine puso freno a su creatividad.

Cerramos esta descripción de la rica variedad de textos que se encuentran en esta edición de BiCentenario con una entrevista al general Antonio López de Santa Anna, en su último exilio en Colombia. Encontrado por un periodista estadunidense, el exdictador vivía un momento de tranquilidad, dedicado a la agricultura y a confraternizar con sus vecinos, pero que en el plano de la política era reacio a la autocrítica, si acaso condescendiente con sus errores de juventud, y de lenguaje antiestadunidense.

En estas páginas hay más relatos por descubrir de las historias siempre estimulantes del país. Las de ayer, principalmente, y las que se construyen en el día a día. Hasta la próxima.

Revista BiCentenario

Correo del lector

DEL MURO DE FACEBOOK

Estimados editores de BiCentenario:
Trabajo cerca de la Alameda. Todos los días entro y salgo del metro por la estación Bellas Artes y me pregunto el por qué de la cerca y el dintel verdes que rodean la entrada. Tengo varios años de leer su revista y pensé que tal vez ustedes podrían darme una respuesta.
Beatriz Alegría

Lo que sabemos es que en 1998, para celebrar 30 años de cooperación entre las empresas francesa y mexicana del metro, hubo un intercambio de regalos. México recibió la conocida como “Entrada Guimard”, similar a la de algunas estaciones de París, y Francia un fresco wixárika llamado “El pensamiento y el alma huicholes”, que se halla en la estación Palais Royal-Musée du Louvre.

“Porfirio Díaz en Yucatán. Una visita triunfal” por Marisa Pérez Domínguez (núm. 34)

—Es cierto que cuando el general Díaz visitó la península, los hacendados henequeneros eran acusados de “maltrato laboral” y “prácticas esclavistas” hacia sus jornaleros, pero hay que recordar que eran las costumbres de la época.
Rodolfo Treviño
—Lo cual de ningún modo justifica que así fuese.
María V.

¿SABÍAS QUÉ?

El Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco el Grande es un templo del siglo XVIII, cuyo constructor se inspiró en el Santo Sepulcro de Jerusalén y que sirvió como casa de ejercicios espirituales de los jesuitas. Nombrado oficialmente Santuario de Dios y de la Patria, porque ahí el cura Miguel Hidalgo tomó la imagen de la Virgen de Guadalupe que sirvió como bandera del ejército insurgente, es también conocido como Capilla Sixtina de América porque sus muros y techos interiores están casi totalmente cubiertos de murales, inscripciones, esculturas y pinturas al óleo.

 

 

POR AMOR A LA HISTORIA

El Archivo de la Palabra del Instituto Mora cuenta con más de 500 testimonios en audio, papel y video, hechos a partir de las técnicas de investigación de la historia oral, que dejan no sólo oír las voces de algunos personajes emblemáticos de nuestra historia, como directores, guionistas y actores del cine de oro mexicano, así como connotados profesionistas, sino voces anónimas que como las de los soldados de la Revolución Mexicana, maestros, vecinos de distintas colonias de la ciudad de México, etcétera.

 

RELOJ DE ARENA